Viendo que aquí hay un apartado para contar nuestras andanzas más sonadas en lo que es la farándula y el crapulismo, allá va la más gorda que tengo.
Volvíamos de tocar en las fiestas de Petrer (las cuales os recomiendo si podéis ir a tocarlas) y paramos en un taller para hinchar una rueda que tenía el otro coche desinflada. La cosa es que, bueno, ya que estamos aquí sin prisa, hace buena tarde (eran las cinco y media de un día de mayo), vamos a tomarnos unas servecicas y hacemos tiempo. Vale. Unas cañicas y los últimos chistes de la salida y el coche arreglado. Así que tira para adelante y Harry y yo detrás en el otro vehículo.
Seguimos contando chistes y comentando la salida: pues yo habría tocado esta y no la otra, que tetas tenía la de la tercera fila, todas las noches una castaña de miedo... vamos, lo clásico. Miramos a la carretera y el otro coche nos había sacado mucha distancia. Tanta que no lo veíamos. Así que, chino-chano, vamos haciendo camino. Pero, oh dolor!, oh injusticia! nos vemos un atasco de tres pares de cojones. A la altura de Cárcer había habido un accidente con un camión que se había prendido fuego y tuvieron que cortar la carretera, venir la guardia civil, bomberos..., vamos, que teníamos para rato. Para postre el cielo estaba de un negro subido y estaba empezando a chispear. Con lo bien que habíamos salido de Petrer.
Resignados por las circunstancias adversas, seguimos con nuestra particular cháchara. Pero, Ah!, amigo! aquí entra en acción mi pobre vejiga. Me entran unas ganas de mear asombrosas. Aguanta, me decía mi compañero y maestro. Vale. Hasta el infinito y más allá. Pero ese infinito, ay diox, no llegaba. Ahí en el coche metidos como dos horas y media y yo meándome como dos horas ya. Haceos cargo: después de unas fiestas de moros y cristianos donde tienes toda la bebida gratis (sí, pone TODA), imaginad el post-operatorio. Te tiras dos días meando de mil colorines. Y en el coche, esa tarde, empezó mi subida. Y de qué manera. Total, que aguanta, aguanta y yo que ya no podía más. Miro una botella de fontbella que había por ahí y digo que tendré que terminar meando ahí. Que no aguanto hasta el siguiente pueblo y tampoco es cuestión de salir a la carretera con mil coches detrás a mear en el quitamiedos.
Así que, amigos, entre risa y risotada, mi cuerpo no puede con el tema y me toca coger la botella, destaparla, desabrocharme el pantalón, levantarme un poco del asiento, encarar y miccionar. Harry, que conducía, y no creía que iba a hacerlo, primero me mira, me la mira, me vuelve a mirar y empieza a partirse el culo como en la vida lo he visto. Y eso que, JA!, el tío se ríe con ganas y tiene la risa pegadiza. Imaginad el cuadro: un tío deshuevándose a lo Pavarotti (eh, eh, ehhhh) y yo meando en una botella y medio riéndome medio cagándome en Harry por hacerme reir mientras estoy meando. Si pasaba algún coche por al lado y me estaba viendo es una cosa que poco me importaba en aquellos tiempos y poco me importa ahora que lo estoy contando.
Señores, me tiro meando tres minutos y medio de reloj y, agüita, lleno media botella de litro y medio. Tapo el envase y lo vuelvo a dejar a mis pies en el suelo del coche. Y aquí empieza el show. Mejor que en fiestas. Si ahora te cojo la botella y te la corto dejándote la boquilla solo ahí, parecería un perro que ha ido al veterinario con la lámpara esa que le ponen en el cuello. Buah, que risa. Que manera de reirnos con la meaica de la botella... claro, cuando llegamos a donde teníamos que cenar, un amigo de Harry había venido para hablar con él y le damos "orujo digestivo". Cuando el tío está a punto de echarse un trago, le frenan y le dicen que es pipí y, bueno, hijos de puta, bla bla bla. Jaja, que mal rato que pasé pero cuanto que nos reimos y nos volvemos a reir cuando la contamos porque, ésta, cae en todas partes.
Y ahora, me vais a perdonar el tocho pero, cuando cuento una cosa, me gusta contarla bien para que el lector sea -a su modo- partícipe de la historia. Es lo que tiene escribir 8 años en un blog.
